El siguiente es un texto introductorio para la Tesis que estoy realizando (tentativamente para titularme), acerca del cine gore. Esta es la razón por la cual mi blog estará un tanto descuidado durante los próximos meses, en los que dedicaré mayor parte de mi tiempo libre a la realización de este trabajo. Las entradas que publique serán de forma más esporádica (como ya se habrán dado cuenta), y toda la culpa la tiene esta extraña pasión por la sangre que nos invade a los seres humanos y, por ende, al séptimo arte.

La pregunta es ofensiva. La verdad es que a nadie le gusta el gore, mejor dicho, a nadie le debe gustar. Para ser más claros: a nadie le gusta admitir que le gusta. Cualquiera que cometa el descaro de proclamarlo es visto con recelo, encasillado como un ser raro, perverso, acusado de sádico, demente, el retrato en carne de los mismos personajes que estas cintas nos presentan. ¿La realidad inspira la ficción o la ficción inspira la realidad? Lo cierto es que la realidad puede traspasar la fantasía. Acaso fuera de la pantalla, quizá sentado a un lado nuestro, se encuentran personas que en la oscuridad de la noche, en la privacidad de su casa, son siniestros pervertidos.
El contexto del México actual está desdibujado en base a balazos y mutilaciones, la avidez del público por asomarse a este abismo negro es indudable muestra de cómo se ha borrado la línea del bien y el mal a razón de impulsos morbosos y cuantiosas ganancias monetarias. La violencia, como el sexo, vende. La gente quiere ver lo prohibido, se encienden sus sentidos al imaginar una realidad detrás de la realidad, pasando ahí a un lado suyo, sin que ellos se percaten. Lo oculto, lo siniestro, ahí cerquita, en su país, en su ciudad, en su colonia, en las narices de ciudadanos tan decentes y bien portados. En este país, los cuentos de terror pasaron a la historia, hoy son las anécdotas de narcotraficantes las que se cuentan a la luz de la fogata, despertando el miedo que se ha traspuesto en nuestro alrededor. Ningún otro monstruo, ni Drácula, ni Frankenstein, son capaces de semejantes depravaciones. Son ellos, amos y señores, quienes de verdad nos hacen temblar, puesto que son reales. Y esa realidad es al mismo tiempo oculta y al mismo tiempo descarada. Es la gente de a pie la que la busca, la que la hace volar de boca en boca. La violencia está aquí, multiplicada a la décima potencia por los medios de comunicación, como una hoguera que se alimenta de la sed de sangre. Infinito y triste ciclo vicioso.
La verdad que nos rodea en muchas ocasiones supera al séptimo arte. Pero en ambos casos sale a relucir el apetito del ser humano por la sangre. Esa fascinación es un misterio oscuro e inexpugnable al que pocos se atreven a entrar. Hace falta escarbar en los rincones de nuestra memoria más primitiva, sólo así podríamos entender este impulso. Queremos ver qué hay detrás de la puerta, lo ajeno, lo que no nos pertenece, el misterio, lo desconocido nos atrae como si fuéramos imanes de polos opuestos. No conocemos la sangre misma que corre por nuestras venas y cuando la vemos fuera de su envase, surgen esos sentimientos encontrados: repulsión y maravilla. Estamos de tal modo atados a nuestro cuerpo que no concebimos su fragilidad, nos asusta con qué sencillez se puede esfumar. Es verdad que nuestro entorno es desolador, que es a veces insoportable la violencia de las imágenes. La gente sufre y la vida se les arrebata, no hay trucos. Semejantes crueldades no deberían existir, mejor deberían quedarse donde corresponden: en la imaginación, en la pantalla de un cine.
El cine gore, desde sus inicios (e incluso antes), se dedicó a matar gente sin que nadie saliera herido. Es ahí donde yace su magia, son trucos, ilusión, fantasía. Por más real que parezca lo que ves, nada es cierto. Eso es lo difícil, es quizá su mayor aportación, saber lo que el público quiere y dárselo, sin tener que hacer daño a terceros, salvo moralmente a aquellos que puedan ofenderse. La realidad es la realidad, tenemos sangre, tripas, músculos, todo cuidadosamente ordenado en el paquete que es nuestro cuerpo, para darnos vida y razón. Si te cortas, sangras. Hasta entonces esa era una realidad muchas veces evadida por el cine. Es decir, la muerte y las heridas estaban más apegadas a un cuento de hadas que a lo real. La noción de la violencia era entonces limitada, hasta que alguien decidió jugar con esos límites y traspasarlos. La gente estaba advertida, en más de un sentido se les dijo que sería insoportable, sangriento, aléjate mientras puedas. Obviamente las entradas de cine se vendieron al por mayor. Si le dices a alguien que no abra esa puerta o que no presione ese botón, existe una gran probabilidad de que haga lo contrario.
El culto a la muerte
Los mexicanos mejor que nadie sabemos convivir con la muerte, de forma única y divertida. Tenemos el día de los muertos, en el que festejamos a escasos metros de donde descansan los huesos de nuestros remotos parientes. Comemos y nos sentamos sobre sus tumbas; las limpiamos y las adornamos con flores. Estamos ahí, a su lado, como si ellos mismos pudieran escucharnos desde el subsuelo. Es una fiesta monumental, compramos cañas de azúcar, elotes, tacos. No es necesario ir de negro, al contrario, ese día el panteón se llena de colores como ningún otro. Reímos, jugamos, hacemos chistes, gritamos, bailamos, rezamos. Aceptamos la muerte y la celebramos, le dedicamos un día en el que todo el país converge donde la vida se acaba, donde todos algún día estaremos enterrados.
Así, para algunos la misma muerte es santa y aunque existe toda una subcultura, un tanto discriminada, al respecto, es una situación que se despliega con descaro en México. Aquí la muerte tiene un lugar especial. Octavio Paz lo dijo: “la indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida”. Quizá somos capaces de reírnos de la muerte, porque “la vida no vale nada, no vale nada la vida”. Esa filosofía es abrazada enteramente por el mexicano, todos crecimos con ella y la sabemos nuestra, aunque la muerte sea desgarradora, sabemos como nadie aceptarla e incluso burlarnos de la misma, jugar con ella y hacer chistes al respecto. Los límites entre la vida y la muerte tienden a desdibujarse. Desde nuestros antepasados, hasta nuestros tiempos modernos, los difuntos tienen una importancia muy particular que al mismo tiempo los exime de la muerte, los mantiene aquí, presentes, espectros errantes y amigos.
La muerte es violenta, es aterradora. Es por eso que es la materia prima del cine de terror. La culminación del miedo es cuando alguien muere, los personajes huyen de creaturas, fantasmas, asesinos y demás, porque no quieren encontrarse con la muerte: el monstruo supremo. Y más allá de la muerte el sufrimiento, no sólo la ausencia de vida, sino el dolor. A veces una muerte rápida es mucho mejor que una tortura lenta. Todo ello nos fascina y nos aterra a tiempos iguales. ¿Qué hay más allá de la vida? ¿Cómo muere la gente? La atracción por lo desconocido. Queremos verlo, desde la seguridad de nuestra casa o desde el asiento de un cine, donde nadie pueda hacernos daño. Desde el principio, el cine gore quiso ser fiel a la realidad, mostrar a la gente todo aquello a lo que no estaba acostumbrada, sabían qué era lo que querían ver y se los dieron. Un poco de maquillaje por aquí, otro poco por acá y listo. Poco a poco fue mejorando, haciendo de la violencia un arte y más que un arte una artesanía, un proceso cuidadoso, para que no se perdiera la magia.
El mago del gore
El cine es una mentira. Como toda obra de ficción, lo que sucede en la pantalla es falso, es truco, ilusión visual, falsificación de la realidad. Es por eso que se torna más fascinante, en el cine puede pasar de todo y uno queda verdaderamente prendado del mismo cuando la mentira es convincente. Cuando de verdad te engañan, cuando te crees todo lo que te están contando, piensas que los personajes existen, que esas casas y carros son auténticos, que las situaciones de verdad se desenvuelven frente a tus ojos, entonces el cine cumple con su cometido. Lo que busca es persuadirte, quizá sea una de las mentiras más elaboradas de la humanidad. Y es por eso que es fascinante, en todos los géneros, el cine ha hecho posible lo que se pensaba irrealizable y ha traído historias que nunca hubiéramos imaginado, pero que nos enamoran más que nuestra propia vida.
Los directores son magos. Cuando Herschell Gordon Lewis decidió que no había suficiente violencia en los cines, se convirtió en uno de los mejores. Todo el morbo que se creaba en torno a sus cintas se vio saciado una vez que eran vistas. Sí, lo que las hacía tan aterradoras y exitosas a la vez era el descaro con que las mostraba, sin recatos, lo que llegaba a convencer a la audiencia. Pero alto, señoras y señores, están ustedes ante un sencillo truco de magia, no se asusten. Sin embargo, la promoción de las cintas era siempre estimulante y se jactaba de su contenido, atrayendo aún más a los posibles asistentes. “Te estremecerás mientras atestiguas la mutilación y el desmembramiento de lindas jovencitas en un horrendo y extraño ritual antiguo”, rezaba el poster de “Blood Feast”, lo que se conoce como la primera película gore de la historia.
Incluso un aspecto técnico era utilizado como provocador: “Asquerosamente manchada en sangre a color”. Lo absurdo, lo ridículo, este tipo de cintas comenzaban a jactarse de la muerte, a reírse de ella no sólo en un aspecto figurado, pues hacían creer que mataban de forma brutal, cuando en realidad los actores salían ilesos y sin un solo rasguño. Como cuando un mago corta a una de sus bellas asistentes por la mitad y después muestra al público que en realidad se encuentra entera. De hecho, Gordon Lewis hizo una cinta llamada “Wizard of Gore”, en la que un mago mataba a jóvenes para sus espectáculos de forma real, haciendo creer al público que sólo se trataba de un truco. Jugando un poco con su profesión, pues él es el auténtico mago del gore, que hace creer a la audiencia una cosa, cuando la realidad es otra. ¿La gente que muere en el show del mago, muere de verdad en el show de este otro mago que es el director? Todo es un truco, señoras y señores, pura fantasía.
La escuela de Roger Corman
Una vez que el cine se convirtió en espectáculo, muy pronto se transformó en negocio. Muy pronto también hubo avispados que se hicieron expertos en el mismo, gente que más que otra cosa quería vender boletos. Las formas para vender, como en cualquier negocio, fueron muchas, algunas más exitosas que otras, pero en el cine la filosofía de que hay que darle al público lo que pida, era la regla primordial para hacer dinero. Al menos así lo pensaban algunos productores independientes, quienes no contaban con la ayuda de grandes estudios y querían hacerse notar a toda cosa, teniendo que competir contra las grandes compañías y las famosas estrellas de cine, que acaparaban toda la atención de público y taquilla.
Quizá el más famoso de todos los ávidos realizadores sea Roger Corman. El maestro de las películas de serie B, es decir, películas de bajo presupuesto con tramas absurdas, graciosas, baratas y geniales. Hoy en día, gran parte de su filmografía se considera de culto y no sólo eso, sino que él mismo produjo las primeras cintas de entonces jóvenes directores que estaban destinados a convertirse en laureados cineastas. Entre sus pupilos están Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Ron Howard, Jonathan Demme y James Cameron. Todos ellos estudiosos de la escuela de este hombre que hacía películas en dos o tres días, con lo que tuviera a la mano, valiéndose de una creatividad inmensa para lograr largometrajes en poco tiempo. Si bien no son grandes obras maestras, son el epítome de lo que debe ser el cine: guiones creativos y osados.
La idea de Corman no era sólo darle al público lo que quiere, sino hacerlo de forma barata y redituable. Esto no era cosa fácil, pues con menos recursos tenía que hacer uso de otras herramientas, siendo éstas su propia mente y habilidad. Hoy en día las cintas taquilleras tienden a volcar todo su valor en el presupuesto y en la monumentalidad de sus producciones, se tiene la idea de que mientras sea visualmente apabullante, mayores beneficios monetarios traerá. Pero Corman no tenía tanto dinero, su cine tenía mejores historias para compensar la producción que le faltaba y esto dio como resultado un sinfín de tramas demenciales que fueron la base de muchos de los grandes directores y actores de hoy en día. Es bajo esta filosofía que el gore toma forma, hacer las cosas baratas, pero excederlas al máximo y venderlas así al público. Este era un público que quería emocionarse, asustarse, pasar un buen rato. La promesa de la sangre era el mayor de los incentivos.
El cine gore rozó los extremos más intensos, fiel heredero de los filmes eróticos, su herramienta era enseñar todo, entre más grotesco mejor. La audiencia seguía pidiendo más y más. Así las técnicas se fueron sofisticando, engañando hasta al más escéptico y asustando hasta al más valiente. Desde la violencia gráfica, el cine de terror jamás volvió a ser el mismo. El gore excedió las perversiones humanas y las mostró en la pantalla, como nadie se había atrevido. Se burló de la muerte y la banalizó, la convirtió en un chiste, en un espectáculo, en un día de los muertos. La violencia es algo inevitable, como la muerte, es parte de la vida, es por ello que nos atrae, como si cayéramos al fondo de un abismo al que tenemos que llegar tarde o temprano.











Excelente. Una tesis que me gustará leer y sin duda más interezante que las que están en la biblioteca de la Facultd
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