Posteado por: lajefadelrodo | Junio 15, 2009

Crónicas de mi vida en Saltillo XIX

Los libros que me encuentran

Mi vida en Saltillo ha estado llena de maravillosos descubrimientos. Lo que una persona puede encontrar cuando se aleja de sus padres, aunado a la supervivencia en una ciudad desconocida, termina por transformarnos en todos los sentidos. Los tesoros que encontraremos no son descubiertos gracias a un mapa trazado por humanos. He llegado a creer, y pienso tener razón, que los hallazgos somos nosotros y todo lo que viene a caer en nuestras manos nos buscaba desde hace algún tiempo. Atraído por la fuerza de un imán invisible, movidos sin moverse, esperando y llamándonos, hasta que inevitablemente se cruzan nuestros caminos y se alcanza nuestro mutuo destino.

Entre muchas otras cosas, comencé a formar mi biblioteca. Si la memoria no me traiciona, creo que el primer libro que compré en Saltillo (siendo ya un estudihambre hecho y derecho) fue los Cuentos de Amor de Locura y de Muerte de Horacio Quiroga. Lo encontré en Soriana Lourdes, donde solía hacer mis compras semanales (el mandado, la nota…) cual señora ama de casa. Llegué a la sección de libros en un acto que luego se volvió costumbre. Tenía la idea de que el precio de los libros sólo podía ser de ciento cincuenta pesos para arriba. Mi intención era admirarlos como niño en la vitrina de los juguetes la víspera de navidad, soñando con poseerlos sabedor de lo lejos que estaban del alcance de mi bolsillo. Llegué con mi carrito, cargado de cuanta cosa se me ocurría para cocinar como Dios me diera a entender, y me dispuse a escarbar entre los aparadores. Enterrada entre libros de superación personal, literatura barata, pésimas ediciones y una que otra novela rescatable, me miraba con sus cuencas vacías un cráneo humano, cuidadosamente grabado con tinta a la portada de la famosa colección de cuentos de Quiroga. Hubiese pasado desapercibido para mí, a no ser porque en la clase de Comunicación Escrita tuvimos la obligación de leer La Gallina Degollada y El Almohadón de Plumas. Los primeros cuentos que despertaron en mí una inmensa fascinación por la literatura. Al descubrir aquel libro en Soriana, lo que me sorprendió de sobremanera fue el precio. No recuerdo cuál era exactamente pero estaba al alcance de mi bolsillo, que en ese entonces trataba de ser bien administrado en mi vida solitaria. Me lo llevé como si comprara un chicle o una paleta y pronto supe que aquello se debía a la mala edición de los “Editores Mexicanos Unidos S. A.”, que en muchas ocasiones realizan pésimas traducciones con faltas terribles, pero a un precio en extremo bajo para las obras maestras que se dignan en publicar (lo cual siempre se agradece). Sin embargo, no resultó ser una mala compra y a partir de entonces fui descubriendo que la literatura está al alcance de todos si uno sabe buscar.

Estas búsquedas son a menudo azarosas. Desde que conseguí aquel libro he podido diferenciar mejores o peores ediciones, buenas, bonitas y baratas. Y pronto supe que en base a esa costumbre los libros que encontraba eran eso: un descubrimiento. No una compra determinada, no algo previsto, era salir y en el camino tropezarse con ofertas de buenos autores que nunca desaprovechaba. Aunque fuera a buscar algo para leer, nunca sabía qué encontraría. De este modo llegaron a mis manos Diana o La Cazadora Solitaria de Carlos Fuentes; Justina y Julieta del Marqués de Sade; Una Muerte Muy Dulce de Simone de Beauvoir; La Metamorfosis de Franz Kafka… Con ellos mi colección fue creciendo y asimismo mi hambre por más que hasta este momento no ha podido ser saciada. Y conforme más leo, aparecen más libros y cada vez soy más consciente de la imposibilidad de leerlo todo. Pero al mismo tiempo es para mí un goce incomparable descubrir nuevas formas, nuevas historias, grandes clásicos, encariñándome con unos, despreciando otros. Siempre llevado por el azar, la suerte o el destino. Creo entonces que cada libro que llega a mí, incluso el momento en que llega, lo ha hecho porque así debe ser. No porque yo quiera o sea enteramente dueño de lo que leo, sino porque esas obras quieren que yo las lea, porque ese es mi destino. Esta creencia la pude afirmar cuando entre por primera vez a un bazar de libros usados.

Si entrar a las tiendas y encontrar ofertas parecía casual, entrar en un bazar y explorar ese mundo rodeado de libros viejos, fue sumergirse en el laberinto mismo donde convergen todos los caminos del destino. El destino de aquellos libros preciosos, añejos, maltratados, olorosos a ese perfume único y fascinante de papel antiguo. El cementerio a donde son abandonados entre polvo y olvido, tantas letras que han pasado por tantas manos, leídos por tantos ojos y al final puestos en aquella casa de retiro, esperando la muerte que el tiempo traerá a sus hojas, ya de por sí desgastadas, hasta convertirlas en partículas que vuelen con el viento. Permanecerán sólo en la memoria de quienes disfrutaron alguna vez de su contenido, mismo que será reimpreso en nuevas ediciones, jóvenes, más resistentes, dispuestos a alimentar mentes frescas. Llegué a aquel lugar desolado en compañía de mi primo y el dueño del lugar, un hombre calvo y de abundante barba, con aspecto de ermitaño, nos recibió con estas palabras: “¿traen dinero?” Qué triste destino el de aquellos libros. Amontonados y resignados, esperando una mano piadosa que aún muestre interés en ellos. Pude entonces rescatar tres huérfanos: La Ciudad y Los Perros, La Guerra del Fin del Mundo, Los Jefes y Los Cachorros. Fue un hallazgo impresionante, encontrar buenísimas ediciones de grandes libros, a una fracción de su precio original, por el simple hecho de estar maltratados y viejos, lo cual no demerita para nada su contenido. Desde entonces visito con frecuencia aquellos lugares, siempre con la certeza de encontrar algo, que alguien más olvidó y que yo llego a descubrir. A los bazares entro como un arqueólogo a explorar tierras desconocidas, encontrando tesoros inesperados, percatándome que yo no soy dueño de la fortuna que nos une. Alguien fue a dejarlos ahí y ellos me esperaron.

Desde que estoy en Saltillo, conforme fueron sumándose libros a mi biblioteca, voy entendiendo lo lejos que está mi voluntad de todos mis actos lectores. Cada obra tiene su propio valor en mi vida, haya sido un regalo, lo haya comprado en una tienda o en un bazar a donde fue a parar por azares del destino para ser rescatado por este asiduo lector. Con mayor convicción pienso que son ellos los que me rescatan, yo me sumo a su mundo, mucho más vasto que el mío, hago su voluntad y mi valor lo determinan ellos, ellos me compran, me adquieren, me encuentran. Que si un día entre a tal o cual tienda, encontré este o aquel autor, todo ello estaba escrito.  A pesar de lo que parece, mi decisión poco tiene que ver conmigo y más con la voz oculta en cada página que con un murmullo me llama. Una seducción muda que ejercen sobre mí y a la que es imposible resistir.


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