Manifiesto en llamas

No recuerdo en qué momento exacto se volvió más difícil mantener este ejercicio (a veces inútil) de alimentar un blog. Lo comencé con la misma idea con que alguien toma un lápiz y una hoja de papel: por la simple necesidad de tener un espacio donde expresar mis vagos pensamientos sobre lo que fuera. Pero el tiempo, implacable y monstruoso, no tiene piedad y de pronto uno deja las cosas abandonadas, las descuida y deja que se echen a perder. Entonces, un cuaderno se queda plagado de garabatos, pero con varias hojas limpias, solas, sin jamás ser completadas, desterradas a un rincón que nunca recordamos. A veces tomamos consciencia de ese abandono y como un niño, ya adulto, abrimos el baúl de nuestros juguetes y recordamos que eso en algún momento sirvió para algo.

La convicción de que tenemos algo que decir y que a alguien le interesa saber al respecto, es la pura vanidad egoísta que todo ser humano lleva en su naturaleza. Es un ejercicio absurdo, pero inevitable. En realidad hablamos con nosotros mismos. A veces creemos (o nos gusta creer) que hay otras personas escuchando, pero pocas veces hay alguien allá afuera.

Yo no tengo nada que decirle a nadie. Me parece, sin embargo, que dejar ese blog a la deriva no sería justo y es por eso que seguiré visitándolo de vez en cuando. No importa si a alguien le interesa o no (a veces yo mismo pierdo el interés), pero regresaré en algún momento. Cuando me haga falta alguna página en blanco, sé que aquí la encontraré. Por ahora el tiempo me consume y mi tarea más importante se encuentra en otro lugar:

¿Águila o Sol?

El acto de escribir es un acto solitario. En pocas ocasiones he sido capaz de escribir en compañía de alguien más y si lo hago me supone una acción incompleta, no logro entregarme en su totalidad a las letras, siento que me freno, que me rehúso a ir más allá, cosa que no sucedería si tuviera plena consciencia de mi soledad. Necesito enfrentarme cara a cara con las palabras, solamente ellas y yo, frente a frente, como en un duelo del viejo oeste, dispuestos a desenfundar nuestras armas, donde solo el más veloz podrá vencer. De hecho, me es todavía más difícil escribir acompañado de ruidos, no los mínimos e inevitables ruidos de la vida, sino verdaderas exageraciones del sonido que perturben mi soledad. No puedo escuchar música, no puedo soportar distracciones de ese tipo. Necesito saber que estoy solo en su totalidad. Entonces la página en blanco no es un terreno tan hostil.

Parece que inevitablemente asocio el silencio con la paz y la soledad. Este estado es imposible de alcanzarse completamente en la vida, pero ha habido un par de ocasiones en las que he sentido un destello. Éstas se han presentado en medio de la noche. Durante la madrugada, cuando la mayoría duerme, cuando las calles están casi desiertas. Entonces he sentido que el mundo toma un respiro, un descanso de toda la fatiga que le provoca la inmensa multitud que corre desenfrenada sobre él. Ha habido instantes en que he despertado, y entonces sé que el planeta está solo. En “¿Aguila o Sol?” me imagino a Octavio Paz escribiendo de noche, pues aunque no lo sé, en sus páginas se puede saborear este aislamiento, un acto de él mismo contra las palabras, a la hora más apacible de la vida. Esa que él mismo describe de esta forma en el libro: “…oh noche, hoja inmensa y luciente, desprendida del árbol invisible que crece en el centro del mundo”.

Noches de insomnio tal vez, donde logró alcanzar una sublime inspiración. A estas horas la única compañía que nos queda somos nosotros y como él mismo también lo afirma en otro de sus libros, las personas estamos hechas de palabras. Para mí Octavio Paz es capaz de hacer milagros con esta esencia, la moldea y la deja fluir con incomparable soltura, en un estado donde no sé sabe si es él quien controla las palabras o son ellas las que lo controlan a él. Autor de un sinfín de ensayos imprescindibles y exactos y al mismo tiempo de una poesía intensa y deslumbrante, ambos campos de la literatura chocan aquí, se encuentran y escupen un cúmulo de emociones. “¿Aguila o Sol?” es el reflejo de la lucha desencarnada del escritor con su materia prima

Así el autor nos brinda un libro en el que sus ensayos, sus poemas e incluso la narrativa y la ficción se encuentran para dar paso a una prosa que parece no tener fin. La inexactitud del género es quizá lo que presenta mayor fascinación, pues las palabras no se limitan por nada y corren en prosa de un lado a otro, como caballos desbocados. Se transforman en algo indefinible, algo que no sólo se lee, también se siente. Es como si su pluma cobrara vida propia y sacara del escritor todo su jugo. La naturaleza misma de las palabras baila, en medio de la noche, donde autor y materia se enfrentan para dar paso a lo desconocido, al origen de todo.

Cuando se lee a alguien se le conoce más íntimamente. Cuando se lee la poesía de alguien se llega a apreciar su alma. Podemos conocer partes prohibidas, incluso privadas de esta persona, nos asomamos a sus entrañas y nos volvemos cómplices. Octavio Paz nos dejó aquí una parte de su soledad, la puso a nuestra merced para que la interpretemos, pero más allá de cualquier significado oculto, los textos son por sí solos todo un deleite. Y es que no podría ser de otra manera, si este escritor, tan humano como todos nosotros, debe aceptar y luchar contra las palabras, en una odisea solitaria que inicia de la siguiente manera: “Comienzo y recomienzo. Y no avanzo. Cuando llego a las letras fatales, la pluma retrocede: una prohibición implacable me cierra el paso (…) Hoy lucho a solas con una palabra. La que me pertenece, a la que pertenezco: ¿cara o cruz, águila o sol?”

Tu libertad termina

Alguna vez me preguntaron qué hacía para sentirme libre. Honestamente no supe que responder, pero meditándolo un poco, creo que nunca me he sentido libre. No lo digo en el sentido más sombrío de la frase, en realidad creo que todas las cosas que hay en la vida son incapaces de alcanzar plena libertad, sencillamente porque ese estado es una utopía irrealizable como la perfección. ¿Qué implica ser libre? ¿No estar atado a nada ni a nadie? Me acuerdo de una reflexión muy sencilla y concreta que vi en una caricatura: de entrada estamos atados a la fuerza de gravedad que nos mantiene pegados al suelo y así consecuentemente a otras fuerzas naturales que no están en nuestras manos.

Y es que en esta vida hay tantas cosas que no están en nuestras manos. Existen millones de habitantes en el planeta tierra y cada individuo es un mundo diferente. Todos estamos forzados a convivir, es imposible aislarnos de la sociedad, desde la más mínima convivencia de una pareja, hasta el inmenso conglomerado humano de una ciudad. Quizá no sería tan ocioso pensar un poco que hasta la convivencia con uno mismo, sin necesidad de estar con alguien más, nos mantiene limitados. Un solo ser humano, conviviendo consigo mismo, requiere cumplir determinadas necesidades si quiere seguir haciéndolo. Hay que comer, hay que ir al baño, incluso hay que asearse si no se quiere contraer alguna enfermedad. De eso no se puede liberar nadie. Aunque estés solo, tú mismo eres tu esclavo y maestro.

Digamos que alguien decide desprenderse de la sociedad. Busca libertad y se lanza al vacío, abandona sus posesiones y se aleja sin rumbo. La libertad de esta persona se verá coartada por numerosas circunstancias. Sin un lugar donde quedarse, su primera obligación será encontrar un techo bajo el cual resguardarse, sea cual sea, tal vez cuatro paredes podrían ser prescindibles en un principio. Su estómago rugirá, le exigirá alimento. ¿Hurgará en botes de basura o pedirá una moneda a los transeúntes?  El dinero se convertirá poco a poco en una necesidad, se dará cuenta que requiere servicios múltiples y para obtenerlos deberá pagar algún precio, sea cual sea. ¿Ese hombre será libre? Yo creo que no.

¿Puede acaso ser libre de pensamiento? ¿Libre porque sigue sus ideales sin seguir las normas establecidas por la sociedad? Quizá en lo primero sí tenga cierta libertad, uno puede ser tan libre como lo desee en su cabeza, aunque esa afirmación también me atrevería a ponerla entredicho. Pero volviendo a lo tangible, uno nunca puede ser enteramente libre de las normas sociales, podríamos acaso repudiarlas, tratar de transgredirlas o alejarnos lo más posible, pero terminarán alcanzándonos. No me refiero a una autoridad (aunque sí las haya), sino a la naturaleza de las cosas, al menos de todo lo humano. Me podrán decir que la madre tierra nos provee de todo lo que necesitamos para sobrevivir, pero incluso ella exige un precio.

Dar algo a cambio se vuelve una parte fundamental de ciclo natural de la vida. Si esperamos que las cosas nos caigan del cielo, de manera gratuita y sin hacer el mínimo esfuerzo, estamos esperando en vano. Si queremos frutas tendremos que buscar un árbol, tal vez plantar algunas semillas, regarlas y cuidarlas de las inclemencias del tiempo. Luego tendremos que volvernos cazadores, tendremos que fabricar armas o trampas. Aunque la comida tenga los nutrientes necesarios, nuestra poca experiencia mermará sin previo aviso en nuestra salud. Algún día no habrá carne, las cosechas se arruinarán y cualquier nutriente natural ingerido importará poco o nada cuando simplemente seamos incapaces de conseguir alimento.

Es casi imposible que una situación de semejante extremo se reproduzca en la sociedad actual. Me imagino, más bien, que aquella persona que decidió ser libre y alejarse de todo, se verá en la penosa necesidad de conseguir algún trabajo, por muy en contra de sus principios que esto sea. Recibirá dinero a cambio y algún supermercado le proveerá de alimentos. Tanto como si compra una lata de conservas, como si arranca una manzana de un árbol, ambas situaciones le están implicando límites. Vagar por ahí sin techo y cobijo no es libertad, es una lucha inútil contra el flujo natural de las cosas. La sociedad está lejos de ser perfecta, pero es la manera más sensata y lógica en que la humanidad ha aprendido a convivir.

Vemos pues que ni la soledad nos otorga libertad. Ahora bien, pensemos en qué tan solo puede llegar a estar una persona. Somos millones de habitantes en el planeta tierra, es prácticamente imposible que no afectemos nuestras vidas mutuamente. Tanto en el caso anterior, como en cualquier otro, podemos afirmar que es imposible desprenderse de los lazos que nos atan a los demás, incluso a personas que ni siquiera conocemos. La vida implica movimiento, las personas se mueven, siguen sus ideales y sus necesidades, algunas podrán coincidir o parecerse, pero la mayoría serán contradictorias. En pocas palabras, cada individuo busca algo diferente, y esos deseos o necesidades se traducen en el movimiento social.

Los lazos pueden ser más largos o más cortos, pero nunca se rompen. Lo que yo haga afecta directa o indirectamente a los demás y ahí está el quid del asunto. Nadie puede ser libre porque nuestra libertad individual choca con la de los que nos rodean. Nuestras acciones pueden ser tan determinantes como nuestro vecino lo permita y viceversa. Si quiero hacer algo que me gusta lo puedo hacer, claro, puedo reunirme con personas que compartan mi afición y podemos convivir respecto a nuestros ideales, dentro de nuestros propios límites. Y esos límites no los pusimos nosotros, los puso otra persona que está fuera de este círculo y que no comparte nuestras ideas, ni gusta de realizar las acciones que realizamos. Tenemos que tomar en cuenta que cada cosa, cada movimiento, por ligero que éste sea, afecta al resto de la sociedad.

De esta manera, la libertad inalcanzable no es una imposición autoritaria de nadie, es sencillamente el respeto a lo ajeno. El respeto propio podemos o no tenerlo, esa decisión queda en nosotros, pero nunca podemos prescindir del ajeno. Nos guste o no, lo que otra persona piense, aunque no coincidamos, es algo que en algún punto va a afectar lo que  nosotros queramos hacer. El mundo es una enorme casa que todos compartimos, dentro de ella tratamos de convivir, entre amigos, enemigos y desconocidos. No tenemos opción, todavía no podemos viajar a otros planetas, ahora nuestros pies están atados a la tierra por la fuerza de gravedad. Por lo tanto, se tiene que tomar en cuenta que no estamos solos, por muy libre que sea el pensamiento, en algún momento se va a traducir en acciones y esas acciones ya no pueden ser enteramente libres.

Lo que yo deseo, no es lo mismo que tú deseas y yo tengo que respetar eso; tengo que vivir mi vida tratando de cumplir mis deseos, siempre y cuando no afecte a los tuyos. Es como si cada ser humano tuviera una burbuja gigante a su alrededor, la cual no puede ser reventada por alguien más. Transgredir los deseos de los demás es una violencia que hiere el equilibrio de la vida. Todos intentamos vivir, en el sentido más profundo de la palabra. Yo no puedo decidir ni afectar quién vive y quién no. Todos vivimos dentro de nuestra burbuja, a veces invitamos a otros a entrar, pero las millones de burbujas van a chocar en algún momento, es el límite impuesto por nuestros deseos. Tu libertad termina donde comienza la mía.

Si no tratamos de mantener intactas las millones de burbujas ajenas que danzan a nuestro alrededor, nadie asegura que la nuestra se mantenga en buen estado. Entonces se rompe el ciclo social. En pocas palabras, estamos obligados a convivir en sociedad. Ahora bien, si la libertad física es inalcanzable, ¿lo es en el pensamiento? Como ya lo mencioné antes, me atrevería a cuestionar una respuesta positiva y aunque tampoco puedo negarlo con toda certeza, creo que el pensamiento se inspira de la realidad y la realidad del pensamiento. Por muy fantástica o irreal que pueda parecer una idea, es una idea humana a fin de cuentas, terrenal, atada a los límites imaginarios que hemos tomado inconscientemente de nuestro entorno social.

¿Es una idea enteramente original? Es decir, ¿nace de la nada, limpia y nueva en nuestra cabeza? Yo creo que eso es un misterio, son tan recónditos y escabrosos los callejones de la mente humana, que no podríamos decir de dónde viene todo lo que pensamos o imaginamos. Podría ser que se tiñe de realidad: vemos una cosa, se queda almacenada en la memoria y sin que nos demos cuenta se relaciona con otra, engendrando una idea que creemos original. Si en nuestra realidad social no podemos ser libres, es posible afirmar que tampoco podemos serlo en la imaginaria.

Sin embargo, la libertad pudiera nos ser absoluta, pero siempre será el punto en el horizonte al que queremos llegar. Eso que los hombres llamamos felicidad, plenitud, realización, paz. Ese es nuestro motor, nuestro más grande deseo, lo que hace que se muevan los engranes de la vida y todo fluya en determinado sentido. Somos lo que deseamos. Pero la libertad viene de la mano de las limitantes, y una cosa no puede existir sin la otra. No es posible crear una libertad sin límites, pero quizá seamos capaces de crear una libertad dentro de nuestro entorno social, una relación armónica entre el respeto ajeno y nuestros impulsos. La vida no está hecha para cumplir todos nuestros caprichos, lo que podemos hacer es sobrevivir como mejor se pueda.